Nuevo Diario, marzo de 1971. José Hierro
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Nuevo Diario, marzo de 1971

por José Hierro

Vicente Vela, un artista que se consagró muy joven, me hace temer el encuentro con cada exposición suya. Porque el joven que halla enseguida su personalidad, corre el peligro de amanerarse, de acabar en imitador de si mismo. Sin embargo, cada nueva exposición de Vela conjura el temor. Su mundo propio, el que encarnó muy pronto en forma artística, es lo suficientemente sólido y rico para que no se borre cuando sustituye un concepto formal por otro. Vela es, además, de esos pocos artistas que conservan su fisonomía propia cuando utilizan el dibujo. El dibujo es el esqueleto, el signo mínimo, el torero sin capa, sin efectismo. El dibujo prueba la verdad de un artista, como el rostro sin maquillar prueba la belleza y la lozanía de un rostro femenino. Ahora, en Rayuela, Vicente Vela ha toreado a cuerpo limpio. Ese arte suyo que cada vez aspira más a la luz, alcanza en esta obra todo su refinamineto, su transparencia, su pintor. Alcanza también su más alto nivel de fantasía. La forma celular que fue el origen de su arte se ha ampliado, se ha hecho más vaga, se ha empapado de luz sonámbula. En el equilibrio de las masas, en contenido contraste de tonos, lo que constituye a dar a los esquemas formales la sensación de irrealidad. Y luego, como un grabador que traza con el buril rayados paralelos o entrecruzados, trata los volúmenes con finos rayados blancos que los ponen al borde del desvanecimiento fantasmal.

Arte menor el dibujo (¿pero existen artes menores, o artistas menores?), concebido y expresado como arte mayor: el único arte que -aparte la cuestión del procedimiento- es capaz de producir un artista mayor.

(<<Nuevo Diario>>, marzo de 1971.)

 

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