Vicente Vela y su obra
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Al ver los cuadros de Vicente Vela se me hace de nuevo presente que los sentimientos negativos e intensos – la deshumanización, la violencia, el dolor – necesitan ser instalados en la belleza. Es así como en sus imágenes pueden aposentarse, sin mengua de su hostil naturaleza, en la complacencia piadosa del que las contempla”.

Francisco Brines

El artista ha escrito sobre si mismo

Vicente Vela (Algeciras, Cádiz, 1931 - Madrid, 2015). Pintor, escenógrafo, diseñador y ceramista, ha sido uno de los grandes artistas españoles de mayor proyección internacional, cuya obra destaca por su extremada calidad, originalidad y por la capacidad de sorprender. Estamos ante uno de los creadores plásticos de mayor interés e importancia de los últimos tiempos.

Vicente Vela con Eusebio Sempere

 

Vicente Vela con César Manrique

En sus comienzos, hasta los veinte años vivió en Jerez de la Frontera, donde asistió a la Escuela de Artes y Oficios de Manuel Romero y formó parte del primer grupo artístico con más proyección en esa ciudad, junto a Carlos Ayala, Joaquín Cañete y Jesús González que – junto al propio Vela - conforman una importante generación de creadores andaluces.

Posteriormente, estudió en la Escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría (Sevilla) y en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid), donde compartió aula con Eduardo Sanz, Alfredo Alcaín, Antonio Zarco, Isabel Villar y César Olmos.

La crítica especializada descubrió a Vela con motivo de sus primeras exposiciones, hecho que se vería reforzado con la presencia de obras suyas en la XXIX Bienal de Venecia (1958) y en la V Bienal de Sao Paulo (1959), eventos a los que también asistiría en la década de los sesenta. Sin haber cumplido los 30 años, este autor ya había colgado sus cuadros en importantes galerías y museos de arte moderno de diferentes países, participando en exposiciones internacionales organizadas por el gobierno español en las décadas de los cincuenta y sesenta, apertura al exterior del régimen franquista cuya razón habría que buscarl en sus intentos por hacerse un hueco en el panorama internacional, fuera del aislamiento político y económico al que había sido sometido tras la Guerra Civil. A partir de entonces, la pintura de Vicente Vela gozó del aprecio internacional de coleccionistas, participando en gran número de muestras y promoviendo una serie de críticas entusiastas en distintos países.

Artista en constante evolución, Vicente Vela abandonará el expresionismo e informalismo de su primera época - que le proporcionó un lugar destacado en la vanguardia, en los años cincuenta y primeros sesenta, vinculado al grupo madrileño –, transitando por una pintura abstracta hasta desembocar en una original figuración, con guiños surrealistas que recuerdan a un realismo mágico. Vela, no obstante, no se adscribe a ningún estilo que pueda encasillar a una obra y a un artista en continuo crecimiento, caracterizado vitalmente por la inquietud desde la serenidad.

Artista ajeno a las modas, Vela ha dedicado su vida al arte con una entrega encomiable, manteniendo una línea pictórica muy personal. Este autor aborda la creación desde la plena libertad y defiende trabajar con tesón sobre el lienzo, aunque sin prisas, día a día, paciente - hasta el más remoto rincón del cuadro lo elabora a conciencia -, con el argumento de que cada cuadro necesita su tiempo en especial y el secreto es saber concedérselo. Según Vela, es la misma obra la que “va pidiendo” lo que necesita. El pintor, en un incesante proceso de búsqueda, apoyado en una cada vez más firme disciplina, ha ido dando forma a un orden propio y superior. Primero fue el vacío, después la luz, más tarde la materia.

 

La huída. 1987

De formación lenta y espíritu sensible, Vela observa la realidad y, partiendo de ella, crea un mundo propio que la sublima. En cierta forma, se desvincula de lo real, rechazando el mundo que no le gusta y rebelándose ante él. Desde el sufrimiento surge el rechazo del mundo recibido, de una sociedad y de sus hábitos, pero con la cansada elegancia de no hacerlo perceptible. Vela no es ajeno a todo cuanto le rodea y, curioso e imaginativo, paciente observador y degustador de la vida, construye un mundo mejor y la imagen de ese mundo será a semejanza de sus propios sueños. Su arte nos ofrece su particular perspectiva de esa fuente de inspiración que es la naturaleza. Así, nos muestra lo positivo y lo negativo de ese mundo de claroscuros que nos rodea. Vela, para crear su mundo tiene necesidad de la realidad.

Pero si el origen es la realidad orgánica, su resultado creador es una invención cósmica. Trabajo lento, parsimonioso, de gabinete, donde el aprendizaje se va haciendo con el esfuerzo de cada hora y donde el logro de una veladura inédita, o el hallazgo de un contraste es conquista retenida, porque había que lograr la exacta expresión de la materia.

Su última producción se centra en los llamados bodegones, en los que aparecen objetos mecánicos y tecnológicos (siempre tuvo su obra un cierto aire futurista), o los objetos acumulados en el fondo de los mares. En estos bodegones se percibe un lirismo cromático envolvente que potencia la composición; unos colores transparentes que cambian sutilmente cuando van pasando de la luz a la sombra. Luces y oscuridades que nos hacen penetrar en lo más escondido de nuestro inconsciente, remontándonos a años lejanos y arcaicos con tiempos y espacios inexplorados, en donde los claroscuros y colores del pintor nos anclan por unos instantes.

 

Bodegón del reciclaje. 2001

 

La pintura es belleza, pero también meditación, poema y oración, profundidad estética. Nada es comparable – para él – a la felicidad íntima de pintar y sacar a la luz formas que vienen de un subconsciente lejano. Vela es el pintor de la fantasía, con la plástica onírica de sus cuadros, la inquietante sugerencia de sus formas y sus cálidos tonos.

El Mediterráneo, Grecia y el Renacimiento, Andalucía… Vela es rico en sedimentos de experiencias históricas. Su pintura se expresa desde el alma; la urna mítica del Mediterráneo es un vertedero acuático donde se mezclan las estatuas clásicas y la chatarra del presente: todo es una misma desastrada historia.

Dudamos de que exista ahora una pintura más actual que la de Vicente Vela, porque junto a sus valores estéticos, su obra es una crónica de su tiempo, que transcurre entre la exaltación y la crítica, en un difícil equilibrio permanente que siempre acaba logrando.

 

El Mediterráneo. 2006

 

Vicente Vela está considerado como una de las primeras figuras de la pintura española de los años setenta y ochenta, aunque su currículum incluye otras facetas artísticas, como la escenografía, colaborando con dramaturgos del renombre de Buero Vallejo, Antonio Gala y Miguel Sierra.

Vicente Vela con Antonio Gala

También encontramos a un Vela diseñador. Cuando en España se pensaba que diseñar era una un arte menor, Vela – clarividente, más allá del tiempo y del país que le tocaba vivir – decide lanzarse por el camino del diseño y en los años cincuenta realizó el logotipo de la casa de modas de Enrique Loewe. En este campo, en el taller que impartió en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander (2008), se mostró crítico ante la falta de señas de identidad del diseño español, reivindicando la necesidad de llevar el diseño a un plano de modernidad en el que continúen sus raíces.

 

El artista ha escrito sobre sí mismo

Cuando tenía alrededor de siete años, mi padre me regaló una caja de lápices de colores como compensación por haber pasado el tifus y haberlo sobrevivido. Con aquella maravillosa caja, empezó mi vida de pintor.

Pronto aprendí a manejar aquellos lápices y establecer con ellos un diálogo y una experiencia, que en mi caso, se convirtió en la expresión que sustituye a la palabra. A partir de aquel momento, hice tal cantidad de dibujos, que aquellos elementos terminaron en trozos tan pequeños, que fue imposible seguir dibujando con ellos.

Creo que fue un pasaje importante de mi vida y siempre lo recuerdo como una bella experiencia, como algo que me dejó una huella profunda y tal vez el primer estímulo para comenzar una difícil carrera de artista.

Después, con el tiempo, ya pude comprar otros lápices, otros colores y seguir aprendiendo a dibujar, a pintar y a vivir – no es fácil – sobre todo si se hace el trabajo con honradez y se pone en ello todo el corazón; porque a lo largo de la vida, se aprenden tantas cosas, que además de vivir, hace falta reflexionar, variar los esquemas continuamente y estar atento, no sólo a lo que sucede fuera, sino en lo que está pasando dentro de uno mismo.

Han pasado muchos años desde aquella caja de lápices que me regaló mi padre y a través de todo este largo tiempo, la pintura ha seguido siendo el centro de mi interés y de mi existencia – una forma de realizarme – porque al final, cada cuadro termina siendo una nueva aventura, una batalla, un desarrollo de energías de las que yo me beneficio, - pasa lo mismo que con el alquimista – que a través de la transmutación de los elementos, se transforma uno a sí mismo.

Es por eso, que quien tiene la fuerza y la humildad de quedarse un poco apartado del desconcierto y los intereses que actualmente dominan el mundo artístico, puede concentrarse en su creatividad y enriquecer el espíritu… porque al final, se llega a la conclusión de que fuera de esto, nada es importante, nada cambia nada, ni siquiera la muerte”.

Vicente Vela (2002)


 
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